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El Arte de Posterizar

TEXTO: ORLANDO MAYORGA

 

A veces es complicado traducir todo un deporte, y en el caso del baloncesto, terminamos adoptando ciertos términos en inglés a nuestras conversaciones cotidianas sobre el deporte. Uno de ellos es posterized. Es un término utilizado que como muchos otros, no hay una traducción literal al español. Además, el español varía de país en país. En mi caso, en México, escuchamos frases como “tómala”, “toma, perro”, “en tu cara” o algo más lúdico como “toma chango tu banana”. La forma más descriptiva de posterized es cuando un jugador clava el balón y alguien intentó taparlo sin éxito, quedando elegantemente retratado en una foto de acción donde básicamente es la víctima de un asalto deportivo. Posterized, claramente, proviene de la palabra póster, y se define como el acto de terminar en un poster, que en una época anterior al internet, aparecerías en la imagen, póster, revista, periódico, etcétera, inmortalizando ese momento. Hoy en día estas imágenes fluyen rápidamente para entretenernos y hacia el olvido mientras deslizamos la pantalla dentro de nuestras redes sociales. Así que inmortalizar ya se vuelve algo mucho más complicado.

 

“Dr. J” Julius Erving en 1974 / Imagen vía Wikicommons.

 

Regresemos un poco el tiempo. Cuando el baloncesto se comenzó a jugar en sus primeros años de vida (el Dr. James Naismith inventó el juego a finales del siglo XIX) los marcadores no pasaban de los 10 puntos por equipo, y los principios del juego, de hecho, era pasar el balón, dar uno o dos botes y tirar a la canasta.

 

Bob Kurland en la década de los 40 / Imagen vía Universidad de Oklahoma State

 

Entre la década de 1930 y 1940 sucedió un cambio que revolucionaría al baloncesto. Se agregó un movimiento, el slam dunk, la clavada como le decimos acá, aunque no se tiene un registro específico de quién fue el primer jugador en realizar una clavada. Algunos mencionan que fue el texano Jon Fortenberry en los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín, y otros que fue Bob Kurland con la Universidad de Oklahoma State en la década de los 40.

 

Imagen vía colección privada de la familia Fotenberry

 

Lo que sí sabe es que gracias a alguno o a ambos de estos dos jugadores, el baloncesto tomó un paso evolutivo en su juego. Se agregaría un factor de fuerza que haría que los fanáticos se levantaran de sus asientos. No todo fue aplausos y alegría. A nivel colegial, la NCAA prohibió este movimiento entre 1967 y 1976 gracias a un fenómeno imparable de nombre Lew Alcindor, quien después se cambiaría el nombre a lo que hoy en día todos reconocemos: Kareem Abdul-Jabbar. A esta regla de hecho se le conocía como “la regla de Lew Alcindor”.

 

Se buscaba limitar una ventaja atlética de un jugador como Abdul-Jabbar, pero eso eventualmente arruinaría el deporte y el propósito de la formación atlética de los deportistas. Y en el fondo de la conversación sobre la prohibición de la clavada siempre existían los temas raciales, que en la época eran brutalmente relevantes. No es de sorprenderse que en esos años de prohibición, los basquetbolistas voladores con habilidades para clavarla eran primordialmente afro-descendientes. Además, un año anterior, un equipo de Texas que consistía de un roster completamente de basquetbolistas afro-estadounidenses se había convertido en campeón nacional tras vencer un equipo lleno de blancos, la Universidad de Kentucky. Los años 60 y 70, sin embargo, darían fruto a los primeros voladores de leyendas como Bill Russell, Wilt Chamberlain y por supuesto “Dr. J” Julius Erving.

 

La clavada se estableció. El movimiento primero era común entre los centros, pero después hasta los bases – que en teoría son los jugadores más bajos del equipo – ya estaban realizando sus propias versiones. Se empezó a convertir en parte esencial de la cultura del baloncesto, incluso en ciertos ámbitos hasta se comenzó a ignorar a muchas de las habilidades de los jugadores, como el tiro y las asistencias. Se centró la atención en las clavadas para darnos espectáculo y se volvió un movimiento imponente que caracterizaría el deporte, uno que ya está hecho de gigantes. La clavada nos hace pararanos en el estadio, en el bar o en nuestro sillón de la casa cada que un jugador saltaba para parecer flotar en el aire y clavarla sobre un defensa. Y si no nos paramos, por lo menos sacamos un pequeño grito de emoción.

 

El fenómeno de las clavadas se convirtió tan grande que se desarrollaron concursos de clavadas, primero en la ahora desaparecida ABA (American Basketball Association) y luego en la NBA. Permitía observar un atletismo único de los basquetbolistas que presumían sus movimiento aéreos frente a un panel de jueces que terminaban calificando (en base a lo complejo, imaginativo y el poderío) y premiando a la mejor clavada.

 

Ya seas del continente americano, europeo o asiático, clavar el balón sobre alguien es un acto de dominio, una razón para hacer burla que por consecuencia a veces se toma como falta de respeto. Algunas veces este movimiento es celebrado, en otras termina en golpes. La clavada conlleva una energía que puede influir en el restultado de un partido. De manera individual, esto es ya que clavarle el balón al defensa involucra no solo esa acción sino se le da una lección de humildad, vergüenza y se expone para siempre al defensa.

 

Ya lo comentaba Yao Ming en una entrevista del programa “In Depth with Graham Bensinger” de ESPN, clavarla sobre alguien es una falta de respeto. Decía que su entrenador solía castigarlo a él y a sus compañeros si no clavaba el balón con un contrincante de frente, cosa que con sus 2.29 metros le resultaba particularmente fácil, pero que él prefería tirar un gancho o sólo tirar el balón.

 

La mejor época para los actos de posterización hasta ahora ha sido la década del 90 y 2000, teniendo jugadores como Michael Jordan, Shawn Kemp o Clyde Drexler, después llegando Shaquille O’Neal, Dwight Howard, y los longevos Vince Carter y Lebron James que siguen vigentes. Alrededor de Jordan existe una conversación con Dikembe Mutombo en un Juego de Estrellas de la NBA, en el que le presume a Jordan que a él jamás se la ha clavado. Para los que no conocen el final de la conversación, sólo hay que recordar que Jordan tenía una adicción a los retos. Sin sufrir las consecuencias, esa misma temporada Jordan no sólo se la clavó, sino que le hizo la famosa seña con el dedo de Mutombo que él mismo hacía cuando bloqueaba a jugadores.

 

 

 

La posterización de Jordan a Mutombo es de las más recordadas por la anécdota e historia que conlleva. Pero para todo tipo de acción en los deportes – aunque se puede decir lo mismo en una infinidad de otras cosas – siempre existe esa acción que será más recordada que la primera que fue la que lo inicio. Aquí le hacemos un llamado a Vince Carter, quien tiene uno de los mejores actos de posterización, que muchos incluso han calificado como la mejor clavaa en la historia del basquetbol (excluyendo los concursos)., En un partido de selección nacional, Carter le dejó el bello arte violento de la posterización al señor Frederick Weis, a quien salta por completo, sin importarle sus 2.10 metros se altura.

 

 

Afortunado o desafortunado, las eras siempre terminan. Hoy en día seguimos viendo clavadas de parte de jugadores muy atléticos, pero muchos llegan de contragolpes. El juego en la pintura con los postes y los centros, las coladas hacia la canasta, todo eso de una época anterior. Ya estamos en la era del triple, dónde el equivalente a la posterización es el “rompetobillos” en el que los jugadores casi siempre deciden tomar un paso hacía atrás, no hacia el frente, para buscar un tiro de larga distancia. Así es el juego hoy en día, y está perfectamente bien. Los juegos ahora parece que se ganan en base a la cantidad de triples que haya metido tu equipo. Tiene su lógica matemática, claro está. Y no deja de ser espectacular.

 

Tal vez algunos deseamos, como espectadores, que exista una combinación de todos los elementos que hacen el basquetbol un juego competitivo pero también espectacular. Todos los estilos son grandiosos, y la evolución es necesaria. Pero tal vez añoro un poco la cultura de las clavadas, que renazca y que el juego en equipo perdure con el arma secreta del triple. De igual manera, acá dejo una linda compilación de posterizaciones de los 90.

 
 

 

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