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El Primero: Horacio Llamas

TEXTO: DJATMIKO WALUYO

A inicios de los 2000, Michael Jordan anunciaba nuevamente su regreso a la NBA para jugar con los Wizards de Washington. Era la noticia más relevante de la temporada. Mientras los Wizards realizaban sus preparativos para el año, los directivos del equipo le llamaron al mexicano Horacio Llamas para que se uniera al cuadro durante la pretemporada. Durante un mes, Llamas buscaba hacerse de otra oportunidad en la NBA, trabajando nuevamente entre la élite del basquetbol a nivel mundial, y no hay una figura de mayor élite que Michael Jordan. Durante un partido amistoso bastante apretado de entrenamiento, se marcaba una jugada que naturalmente ponía el balón en las manos de Jordan, pero éste enfrentaba una triple cobertura y con pocos segundos en el reloj, le pasa el balón a Horacio Llamas que estaba detrás de la línea de tres. El mexicano tira, encesta y remontaban en el marcador. Jordan se le lanza a Llamas, brinca encima de él con un abrazo celebratorio, y el mexicano, aún enfocado en el partido porque faltaban dos segundos por jugar, voltea para ver con sorpresa al legendario rostro sonriéndole y felicitando su tiro. Horacio Llamas fue el primer mexicano en la NBA; compartió cancha con Kobe Bryant, Shaquille O’Neal, Hakeem Olajuwon, Charles Barkley, Clyde Drexler, Steve Nash y Michale Jordan entre tantos más; cuenta con muchas anécdotas; y todo tuvo un comienzo en el estado de Sinaloa.

Fotografía de Jamie Squire/Allsport vía Suns de Phoenix

La fecha histórica es el 2 de marzo de 1997 cuando Llamas se acercó a la mesa de control para ingresar al partido. Portando el número 17 de los Suns de Phoenix que visitaban a los Mavericks de Dallas en la Arena Reunión, un mexicano pisaba la cancha en un partido oficial de la NBA por primera vez en la historia. Entrando en el segundo cuarto y registrando cuatro minutos de juego total, anotó su único intento de tiro en un partido cerrado que finalizó 109-108 a favor de los Suns. El hecho se volvió una hazaña que recibió atención mediática por todo México, y la numerosa población hispana en los EUA también celebraban.

Cinco años atrás, en un torneo nacional realizado en La Paz, Baja California, Horacio, apenas un adolescente de 18 años, ya estaba llamando la atención, incluyendo de los medios. Para él, era difícil no tenerla, pues mexicanos midiendo más de dos metros no era cosa común. Pero Horacio además mostraba un buen toque con el balón y sobretodo, una capacidad de rápido aprendizaje, pues para entonces, apenas llevaba unos años practicando el deporte.

Hijo de Horacio Llamas Tirado y de Ana Luisa Grey, un veterinario y una maestra respectivamente, creciendo en el campo con los tradicionales domingos de familia e iglesia en El Rosario, Sinaloa, Horacio Llamas pasaba una niñez típica de la región. Sus alrededores forjaban sus intereses, quería ser veterinario y jugaba béisbol. También practicaba karate que – en sus propias palabras – le ayudó para muchos deportes “con la elasticidad, el control mental, y principalmente la disciplina”. A los 11 años de edad, por el tamaño que ya tenía, estaba compitiendo en un torneo nacional de karate ante niños de 14 años. “Pero tenía 11 años, no tenía esa malicia”.

En el campo jugaba primera base y cuarto bat. El béisbol lo tomó desde los cinco años de edad y su tamaño le ayudaba a su bateo jonronero. A los doce años de edad ya medía dos metros y la realidad es que con esa altura, su zona de strike también aumentaba.

“Lo más triste fue cuando me comenzaron a ponchar más de lo que le pegaba a la bola y era peor cuando uno de mis mejores amigos me ponchaba. Me enojaba tanto que me agachaba a recoger piedrecitas y le tiraba a darle”, contó Horacio en una entrevista con Sin Embargo en el 2013. “En serio lo hacía, hasta que mi mamá se metía a detenerme”.

Históricamente, la altura ha sido un factor clave para el éxito en el baloncesto. En el mexicano, es poco común ver a personas con alturas aptas para si quiera tener una oportunidad más probable de ser un basquetbolista exitoso a nivel global. Horacio ya tenía una ventaja sin haber comenzado incluso a practicar el deporte, y cuando en la secundaria comenzó a recibir invitaciones para jugar, ya no hubo vuelta atrás. De pronto Horacio estaba jugando con personas mucho mayores que él y no tenía más que madurar y aprender rápidamente. No es fácil entrar a la adolescencia y ser diferente que todos; y no es fácil ser un adolescente y estar bajo la presión de jugadores que ya tienen veintitantos años de edad. Había presión social por un lado, y presión deportiva por el otro. A Horacio no le quedaba más que apretar la mandíbula, trabajar duro y aprovechar de ese control mental que había adquirido desde su niñez.

Horacio Llamas en El Rosario, Sinaloa / Imagen vía Horacio Llamas

Los torneos estatales y nacionales llegaban rápido, incluyendo ese torneo nacional en La Paz, Baja California que seguido recuerda Horacio. Las habilidades del mexicano combinadas con una altura privilegiada hacían que cualquiera volteara a verlo con intriga. A los 18 años de edad, se entrelazan dos etapas de la vida. Uno sigue siendo un adolescente con una energía implacable, los sueños gigantescos, y a su vez, ya comienza uno a ser adulto, con todas las responsabilidades que implica, pero también las oportunidades que se presentan. Horacio Llamas recuerda una entrevista que le hacen durante ese torneo donde le preguntan de sus metas. La respuesta: “Jugar en la NBA”.

“Muchas personas, incluyendo ex compañeros, pensaban que lo decía por presumido. Yo no lo dije por presumido. Me preguntaron cuál era mi sueño y lo dije. De eso a quedarte con los brazos cruzados era una cosa. Trabajé duro. Luché y luché, y puse en una balanza lo mejor y lo peor que me podía pasar.”

En la balanza, irse a Estados Unidos se volvió un riesgo necesario. Siendo un adolescente, dejar tu casa y tu tierra natal para mejorar tu oportunidad de acercarse a tus sueños con más realidad no es una tarea sencillo. Pero Horacio ya estaba acostumbrado a no ser igual que los demás, y tenía que tomar decisiones diferentes para seguir en camino.

Aprovechando los contactos de su amigo Francisco Gómez, quien jugaba basquetbol en Pima Community College – una universidad pequeña que ofrece programas de dos años para preparar a sus alumnos a dar el salto y terminar la licenciatura en universidades más grandes – Horacio Llamas decide aventurarse a Arizona, a la región de Tucson, y probar suerte. Conoce al entrenador Mike López, que ni pensaba algún día ver a un mexicano con más de dos metros de altura, y mucho menos a uno que terminara dominando la duela.

Imagen vía Horacio Llamas

“Tuve que tomar un autobús de la Ciudad de México que fue como 32-36 horas de viaje. Me iban a recoger en la mañana. Recuerdo que cuando me vio Mike, dijo que no le importaba si sabía jugar. Me iba a obligar a jugar. Ya medía 2.11 metros en ese momento. Recuerdo cuando llegué a Pima, el entrenador me entrenar uno contra uno ante Ed Sotkes. Era bastante bueno y estaba en la Universidad de Arizona. Lo vi y medía encima de los 2.13, puro músculo y pensé, ‘¿por qué quieren que compita con este tipo?’”.

Ya en las filas de Pima, en un partido contra Arizona Western College, Llamas anotó 52 puntos y sumó 15 rebotes. El mexicano terminó como jugador All-Conference durante sus dos años ahí, un reconocimiento a los mejores jugadores de la conferencia.

Imagen vía Horacio Llamas

El siguiente paso lo dio hacia la Universidad de Grand Canyon, un colegio en Phoenix que participa en la segunda división de la NCAA. Después de un sólido primer año, Llamas terminaba galardonado como el Jugador del Año de la división en su segundo año ahí, en la temporada 1995-96, promediando 17.5 puntos, 9.2 rebotes y 3.7 tapones por partido, rompiendo el record del equipo al acumular 106 bloqueos en una sola temporada. Los reclutadores de la NBA no tenían opción más que seguirle la pista al mexicano, un centro de 2.11 metros de altura, joven, habilidoso y que seguía aprendiendo año tras año.

Aunque no había jugado en la primera división, ser el jugador del año en la segunda división y reunir las habilidades que había demostrado dejaba al mexicano bien posicionado para poder entrar a la NBA. La buena y mala noticia es que venía el Draft de 1996. Era buena noticia porque representa esa ceremonia ensoñada de ser nombrado por un equipo de la NBA. La generación de ese Draft ha sido considerada como una de las mejores que ha visto la liga en toda su historia. Produjo a figuras como Kobe Bryant, Allen Iverson, Steve Nash, Ray Allen, Stephon Marbury, Marcus Camby, Peja Stojakovic, Shareef Abdur-Rahim, Zydrunas Ilgauskas, Jermaine O’Neal y Antoine Walker, entre otros nombres que se volverían conocidos a lo largo de los años. El Draft fue legendario para la NBA, cosa buena, pues nos dio un increíble nivel de basquetbol, y resultó ser un tesoro para la liga y todos sus fans durante varios años. Sin embargo, el nivel de talento reunido en una sola generación hizo más complicado de lo que ya era para que el mexicano fuera seleccionado por un equipo.

En una entrevista, Llamas relató: “Uno de mis amigos tenía televisión con satélite, así que vi el Draft en su casa. De repente se tuvo que ir. Así que me dejo para que viera el Draft. Me puse bastante triste porque después de ver toda la primera y segunda ronda, tenía que regrear a casa y decirle a todos que no me seleccionaron.

“Regresé todo frustrado. Mi mamá y mi hermana me preguntaban qué tenía. Todos estaban bien tristes; y luego no sé cuántas lagartijas tuve que hacer para descargar todo mi coraje. De lo cansado me fui a dormir, y a la mañana siguiente me llamaron de los Lakers. Ni sé cómo consiguieron el número de teléfono, pero me invitaron jugar en su liga de verano.”

Dentro de todo, Llamas seguía de pie con el sueño en mano. El verano lo pasó participando con los Lakers de Los Ángeles y con los Pistons de Detroit compitiendo a lado de los reclutas más talentosos del mundo. Terminó haciendo pretemporada con los Hawks de Atlanta pero al momento de que la directiva decidiera por su cuadro definitivo, Llamas no entró. Llamas estaba ahí, a un paso del sueño, luchando por cada posición en la pintura, cada rebote y cada punto a lado de los basquetbolistas más talentosos del mundo.

Imagen vía Horacio Llamas

Sin lograr quedarse en la NBA, Llamas tuvo la oportunidad de unirse al Skyforce de Sioux Falls en el Sur de Dakota que en ese entonces participaba en la CBA (Continental Basketball Association). Los meses pasaban, el mexicano encontraba bien su lugar y el 20 de febrero de 1997, Horacio llegó a entrenar como lo hacía todos los días. El entrenador, Mo McHone se le quedó viendo un instante, un tanto confundido y le preguntó: “¿Qué haces aquí? Deberías estar en Phoenix, que ¿no sabes?”. En ese momento, todo embonó. Los Suns lidiaban con una mala racha de lesiones, y habían visto a Llamas desde su época colegial que realizaba en Arizona. Había madurado, demostraba consistencia y mejoría cada año. Era el momento. Los Suns le extendieron un contrato de diez días a Horacio Llamas, que por muy minúsculo que suene, era un acto gigantesco.

Danny Ainge era el entrenador de los Suns esa temporada. Fue quien volteó a ver a Horacio sentado en la banca cuando lo llamó para ingresar al partido ese 2 de marzo de 1997. Sus padres, sentados en la tribuna, fueron los testigos más orgullosos del suceso. Llamas hacía historia.

“Todo era tan extraño. Era como una película. Llevaba allá casi 20 días, y cuando me dijo [Ainge] que entrara al partido, todo entró en cámara lenta hasta que choqué con un jugador. En la primera jugada alguien me puso el cuerpo, creo que era Ed O’Bannon, presionando mi hombro y brazo. Eso me despertó bastante rápido. Todo comenzó a retornar a la normalidad, a velocidad normal,” contó Llamas, quien registraba un rebote y dos puntos. “Estuve tan feliz de anotar para que me dejaran seguir jugando.”

Ficha técnica del debut / Imagen vía Horacio Llamas

Llamas estaba en su último día de contrato de diez días cuando ingresó a ese partido. Su aparición y su desempeño en los entrenamientos le valieron firmar un segundo contrato de diez días el siguiente día, y después lo extendieron para contar con él el resto de la temporada. El 2 de abril de 1997 recibía otra oportunidad, apareciendo en la quinteta titular ante los Rockets de Houston para ponerse de frente ante Hakeem Olajuwon y jugar contra Charles Barkley y Clyde Drexler. Llamas registraba 24 minutos de juego, el mayor tiempo en su carrera, marcando seis puntos y cuatro rebotes.

Imagen vía Suns de Phoenix

Nueve días después, Llamas enfrentaba a los Lakers de Shaquille O’Neal y Kobe Bryant. Al igual que todos los otros centros de la NBA, contener a Shaq se volvía una tarea imposible, pero Llamas no se achicó. El mexicano chocaba cuerpos y luchaba por posición cada minuto. “No podía mover mi espalda”, contaba Llamas. “Estaba tan duro. No me podía mover [el día] después de marcar a Shaquille. Nunca olvidaré eso”.

Revista oficial de Suns / Sept.-Oct. 1997

La llegada de Llamas a los Suns coincidió con una racha de victorias para el equipo, que terminó clasificando a la postemporada. Enfrentarían a los Supersonics de Seattle, perdiendo la serie 2-3, y terminando su participación en la primera ronda. La historia estaba marcada, el sueño realizado y las anécdotas inolvidables serían recordadas con un gozo inexplicable. Llamas no se convirtió en estrella de la NBA o de los Suns; y en realidad, tuvo una influencia menor sobre la cancha de juego durante sus 20 partidos esa temporada, registrando pocos minutos totales y un promedio de 1.7 puntos por partido con 0.9 rebotes y 0.2 asistencias. Si Llamas tenía el sueño de llegar a la NBA, claro que tenía el sueño de ser una superestrella y ganar un campeonato. Ambos sueños van de la mano, y sobretodo si eres un atleta competitivo de nivel de élite global.

Pero esta historia no está hechas de estadísticas, números y comparaciones. Está hecha de un sueño de un adolescente que precisamente desafió las probabilidades y las estadísticas. EN medio del basquetbol noventero, durante el apogeo de figuras como Michael Jordan, ahí estaba un mexicano, Horacio Llamas, haciendo su propia historia.

Habían pasado cinco años de que un Horacio de 18 años de edad en un torneo en Baja California declaraba públicamente en una entrevista su sueño de llegar a la NBA.

“Me fui a Estados Unidos y lo logré. Le hice caso a todos mis entrenadores. En la universidad no faltaba a las clases y claro, me esforzaba más que mis compañeros porque también estaba aprendiendo el idioma. Sí es trabajar duro para no sólo conseguir el sueño, sino para llegar lo mejor preparado cuando se te presenta esa oportunidad. A los 23 años, cinco años después, ya estaba jugando en la NBA. Fueron cinco años de mucho sacrificio, mucho entrenamiento, mucha competencia y mucho demostrar día con día. En esa época, la mayoría que jugábamos básquet en México, no creía que se podía lograr llegar a la NBA porque nunca alguien lo había logrado de México.”

La siguiente temporada (1997-98), Horacio Llamas regresaría durante ocho partidos para los Suns de Phoenix, pero una participación casi nula sobre la cancha. Oficialmente, no obtendría otra participación más en la liga. Llamas pasó por la liga española con La Palma en LEB, pero la mayor parte de su carrera la pasó en la liga mexicana, la LNBP, ganando un campeonato y un subcampeonato con los Soles de Mexicali y después figurando para los Pioneros de Quintana Roo con quien ganó la Liga de las Américas en el 2012. Sería convocado a la Selección Nacional Mexicana frecuentemente, compitiendo en torneos internacionales como el FIBA Américas, Centrobasket o el COCABA.

El tiempo pasa rápido, y hoy en día Horacio Llamas es esa figura que abrió brecha, permitiendo que las siguientes generaciones no dudaran en soñar alto, como sería jugar en la NBA. Entre el sueño y convertirse en el primer mexicano en la NBA, pasar a una carrera después del retiro, volverse entrenador, dar clínicas de basquetbol y ser embajador de la NBA para México y Latino América, podemos decir que Horacio ha sido una figura gigantesca para el basquetbol. Con todo eso, el camino fue todo menos fácil, y lo que siempre permanecía era ese espíritu competitivo de un niño que quería jugar.

“Soy de las personas que convierten lo bueno y lo malo en aprendizaje. Yo no tengo memoria de cuando he perdido. Nunca perdí, siempre gané. Claro, cuando juegas básquet tienes que perder más para poder ganar. Jordan jugó quince temporadas, campeonatos ganó seis. Hasta que llegué a la NBA, yo jugaba por jugar. Yo no me di cuenta que fui un boom en todo México hasta que regresé a México. Yo sólo quería jugar. Yo quería competir. Ése era mi pensamiento.”

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