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El Resurgimiento: Derrick Rose

TEXTO: DJATMIKO WALUYO

 

Se utiliza el término washed up en inglés para describir a un individuo que está demasiado desgastado. Literalmente se traduce al adjetivo “lavado”, refiriéndose a una prenda que ha pasado por varios ciclos de lavado y probablemente ya se requiera una nueva. Washed up era común de escucharse cuando se hablaba de Derrick Rose por ahí entre las temporadas del 2015-2018. Derrick Rose, uno de los jugadores más reclutados a nivel universitario y después profesional en la época contemporánea, la selección número uno del draft del 2008, el Novato del Año de la NBA en la temporada 2008-2009; el Jugador del Año (MVP) de la temporada 2010-2011, convirtiéndose en el jugador más joven en recibir el premio, aún sin cumplir sus 30 años de edad, ya era considerado un jugador “acabado”, o bien, washed up. Diciembre, 2018: confirmado, Derrick Rose ha resurgido.

 

Imagen vía drose

 

En junio de 2016, Rose fue enviado a los Knicks de Nueva York, después de arrancar una carrera prolífica con los Bulls. Ya contaba con varias cirugías sobre ambas rodillas y demasiados juegos fuera de la cancha. Sí, era ese jugador talentoso, explosivo e imposible de defender. Sí, era ése que fue el Novato del Año, MVP y restauraba la fe en los fanáticos de los Bulls que se habían malacostumbrado al éxito noventero liderado por Michael Jordan. Pero Rose era otra víctima infortunado de las lesiones. Derrick Rose “acabado”, washed up.

 

Buscaba renovar su carrera y lo hacía bien con los Knicks, pero el 2 de abril del 2017, se rompería el menisco de la rodilla izquierda, requiriendo su cuarta intervención quirúrgica en nueve años y se perdería el resto de la temporada. Rose terminaría como agente libre y firmaría con los Cavaliers de Cleveland por el sueldo mínimo de veteranos. Llegarían más lesiones, ahora de tobillo, pasarían varios meses fuera e incluso un descanso del equipo para meditar las cosas, cuestionándose a sí mismo si quería seguir su carrera como basquetbolista cargado de frustraciones y lesiones constantes. En febrero de 2018, los Cavs lo enviaban a los Jazz de Utah y estos, apenas dos días después, lo cortaban del equipo. Un mes en el limbo, y Rose recibía otra oportunidad, ahora con los Timberwolves. Dentro de dos temporadas, Rose había pasado por cinco equipos diferentes. El consenso general era que ya no tenía rodillas funcionales y que su carrera básicamente estaba terminada.

 

Era complicado pensar en la carrera de Rose y tener una postura. Lo queríamos ver triunfar. El talento estaba ahí, la fortuna, y especialmente las rodillas, ya no. No era triste porque su carrera ya estaba llena de condecoraciones comparables con escasos atletas que llegaban a jugar en la NBA, pero sí era triste porque a los que le han seguido de cerca durante su carrera llegaron a ver lo dominante que era con el balón en la mano, y a su vez, éramos testigos de su declive mediante lesiones que indudablemente flaqueaban su capacidad física. Con menos obviedad, su mirada era diferente. Como en todo atleta, el estado de la mente es fundamental, y Rose enfrentaba una racha increíblemente desafortunada que enfrentaba una y otra vez con cirugías, pero sobretodo con la mente, con la posibilidad de depresión, falla de autoestima, carente de motivación, etcétera. Porque sí, los atletas también son humanos – aunque es fácil olvidarlo – y también tambalean con inseguridad ante las malas rachas.

 

La explosividad y la velocidad con el que lograba los cambios de dirección deslumbraban, pero también representaban la presión que le ponía a sus rodillas y tobillos. ¿Cómo podría un atleta compitiendo contra los mejores basquetbolista del mundo mantener ese estilo de juego toda su carrera?

 

Imagen vía Wikimedia

 

Era “obvio” que veríamos esta decaída en Derrick Rose. “Obvio” entre comillas, porque no, claramente, no lo sabemos; porque ese cuestionamiento ha rodeado a Russell Westbrook en lo que va de su carrera y ahí se mantiene, con la misma intensidad año tras año. Menos obvio, especialmente para el fanático mayoritario, el casual que a veces no recordamos lo humano que pueden ser las súper estrellas. Y no sabemos con certeza qué cosas pasaban en la mente de Rose mientras pasaban los años, las cirugías, y los adjetivos para describirlo que sonaban a washed up.

 

Nos adelantamos hacia el presente año, en específico el 31 de octubre de 2018 cuando Rose aparecía de titular por primera vez en la temporada. Anota 50 puntos ante el equipo que lo había dejado ir en dos días, el Jazz de Utah. Rose rompe su record personal de mayor puntos anotados en un partido. Su mirada cambia. Y todo seguidor leal del basquetbol y la NBA sonreía. Siendo o no fan de los Wolved y/o de Derrick Rose, nos daba gusto. Por mucho que enfrentaba Rose a lo largo de los últimos años, tanto físico como mental, ahí estaba, una y otra vez más pisando la cancha, su naturaleza competitiva manteniéndolo a flote.

 

Siempre que comenzaba de nuevo – los regresos con Bulls, pasando por los Knicks, los Cavs (olvidemos al Jazz) – Rose constantemente daba señal de vida, el talento de siempre, pero lo interrumpía una cosa u otra. Con Timberwolves lucía de la misma manera. ¿Pero era el talento que siempre se asomaba con otra lesión acercándose? ¿Era un deslumbre ocasional de un jugador que ahora presumía experiencia a lado de su talento? ¿Era un partido aislado donde se enchufaba adecuadamente durante 20 ó 30 minutos?

 

26 DE DICIEMBRE DEL 2018

 

Derrick Rose regresa a su ciudad natal, Chicago. De alguna manera, sigue siendo ese hijo consentido de Chicago. Es querido y su legado está asegurado. Es titular, claro, para los Timberwolves, pero el lleno completo con casi 22 mil aficionados en el United Center vitorean y aplauden a Rose constantemente. Juega con otra camiseta, no importa. En el cuarto cuarto, Rose bota, se cuela, gira y salta lleno de atletismo. El balón entra, el público sonríe con aplauso, y se escucha el silbato de una falta. Es la estrella de siempre liderando a su equipo a una dominante victoria. Se coloca en la línea del tiro libre para completar su jugada de tres puntos y el público estalla con el cántico: “¡MVP, MVP, MVP!”. Rose sonríe.

 

 

Derrick Rose creció en la zona de Englewood de Chicago, Illinois, un área problemática y considerada de las más peligrosas de esta ciudad. Como adolescente llenaba estadios, incluyendo el United Center en partidos de campeonato. Guió a su equipo de preparatoria, los Wolverines de Simeon Career Academy, a un bicampeonato estatal. El récord general del equipo durante la carrera de Rose fue de 120-12, y un sinfín de universidades lo reclutaban. Se alejaría de Chicago para su único año universitario en la Universidad de Memphis. Sería fundamental para que el equipo impusiera el récord de mayor número de victorias en la historia de la universidad, terminando 38-2. Llegarían a la final ante Kansas en un partido apretado que perderían en tiempo extra. Rose, en su primer año, promedió 20.8 puntos, 6.5 rebotes y 6 asistencias por juego durante el Final Four de la NCAA mostrando mejoría en su defensa y la capacidad de elevar su nivel en juegos cruciales. La inminente estrella de la NBA anunciaba su elegibilidad para el draft, y las piezas se acomodaban, los Bulls obtenían la primera selección del draft.

 

Rose reinstaló la fe para los fans de los Bulls de Chicago. Fue triste verlo caer sobre la duela y fuera de ella. Pero es increíblemente grato verlo triunfar de nuevo y sonreír mientras las luces y las cámaras enfocan en su rostro nuevamente. Saliendo de esas calles que lo vieron crecer, Rose se convirtió en el hijo pródigo de la ciudad, y ahora regresó, una vez más, el cántico suena: “¡MVP, MVP, MVP!”.

 

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